…Y en el Paraguay triunfó el voto de los excluídos: LOS POBRES APRENDEN A ELEGIR EN AMERICA LATINA.


Vea y escuche el mensaje del Presidente electo Fernando Lugo al lado de su pueblo. Un triunfo que marca la nueva historia del Paraguay.

Fernando Lugo, el candidato triunfador en las elecciones de este domingo en Paraguay no es solo el único ex sacerdote que se convierte en el primer presidente de un país latinoamericano, sino también, protagonista de ese extraordinario fenómeno socio-político y religioso que es la Teología de la Liberación, “la revolución perdida y olvidada” que ha resurgido de las cenizas para vencer a a las dos potencias mas poderosas del planeta: El Vaticano y los Estados Unidos.
La Teología de la liberación emergió en América Latina en los años 70 del siglo XX, identificada con los procesos revolucionarios que vivía la región, impulsada por sacerdotes progresistas que, tras denunciar el dogma de una Iglesia secularmente al servicio de los ricos y poderosos, decidieron rescatarla y devolverle los principios que le dio Jesucristo, su fundador, y entre esos clérigos estaba el ex obispo Fernando Lugo, el nuevo presidente paraguayo.

La gesta protagonizada por los clérigos que impulsaron esa revolución que estremeció los cimientos de la Iglesia católica y que estuvo a un paso de causar un nuevo cisma en la milenaria institución, se basaba en las ideas y principios de esa religión cuyos mandamientos y enseñanzas persiguen la Justicia , la Igualdad la equidad y la paz entre los hombres de buena voluntad y consecuente con los mismos, sus líderes proclamaron que:

1.- La salvación cristiana no puede darse sin la liberación económica, política, social e ideológica, como signos visibles de la dignidad del hombre.
2.- Eliminar la explotación, las faltas de oportunidades e injusticias de este mundo.
3.- Garantizar el acceso a la educación y la salud.
4.- La liberación como toma de conciencia ante la realidad socioeconómica latinoamericana.
5.- La situación actual de la mayoría de los latinoamericanos contradice el designio histórico de Dios y la pobreza es un pecado social.
6.- No solamente hay pecadores, hay víctimas del pecado que necesitan justicia, restauración.
7.- Tomar conciencia de la lucha de clases optando siempre por los pobres.
8.- Afirmar el sistema democrático profundizando la concienciación de las masas acerca de sus verdaderos enemigos para transformar el sistema vigente.
9.- Crear un “hombre nuevo” como condición indispensable para asegurar el éxito de la transformación social. El hombre solidario y creativo, motor de la actividad humana en contraposición a la mentalidad capitalista de especulación y espíritu de lucro.
10.-
La libre aceptación de la doctrina evangélica, es decir, primeramente procurar a la persona, unas condiciones de vida dignas y, posteriormente, su adoctrinamiento evangélico, si la persona quiere.

Por lo tanto, la Teología de la Liberación tomó esas herramientas para realizar la transformación llamada a poner fin a la injusticia e inequidad social en la que vive sumido el pueblo latinoamericano, asolado en ese tiempo por el capitalismo salvaje y sus modelos nefastos como la globalización y el neoliberalismo que llevaron a la ruina económica, a la miseria, al hambre y a la ignorancia a los pueblos, plagas sociales cuyos graves consecuencias aún no han sido superadas.
La decisión, de cambiar la visión político-social del Vaticano, “imperio” cuya fuerza espiritual, el catolicismo se ha extendido y domina gran parte del planeta y, enfrentarse al mismo tiempo a EEUU, la potencia económica y militar más grande del mundo, fue el resultado de un exhaustivo análisis crítico de las condiciones económicas, sociales y políticas de una región, donde una minoría disfruta del lujo y la abundancia en obsceno contraste con una inmensa mayoría que padece miseria, hambre, enfermedad e ignorancia.
Fue una idea inspiradora, extraída de la fuente del cristianismo, la religión fundada por Jesucristo, “Dios y hombre al mismo tiempo”, según el dogma cristiano, enviado por Dios padre hace dos mil años para la salvación del mundo y cuyas actividades revolucionarias al frente de un grupo de sus seguidores en Galilea y Judea fueron consideradas subversivas por las autoridades romanas que, luego de aprehenderlo, lo procesaron por sedición y condenaron a aquel rebelde a morir por crucifixión.
Y, ¿Cómo respondió el Vaticano a los planteamientos de esos clérigos progresistas,? Lo hizo de la forma más enérgica y brutal, al enviar a sus propulsores al “destierro” pastoral y a presentar dos documentos, titulados “Libertatis Nuntius” y “Libertatis Conscientia” que a solicitud de Juan Pablo II redactó la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por Joseph Ratzinger, el ex soldado nazi que medio siglo después habría de convertirse en Benedicto XVI, el Sumo Pontífice romano.

A los teólogos de la liberación, se le condenó por “el delito” de divulgar el mensaje de justicia social de Jesucristo, conminándolos a callarlo y suprimirlo, y como muchos se negaron, corrieron la misma suerte del “Redentor” y del Padre Camilo Torres, pionero inspirador, como el fundador del Cristianismo, de ese movimiento renovador y revolucionario, quien, presionado por el alto clero renunció al sacerdocio y se fue a luchar con un fusil, para caer en combate en 1966.
Torres murió luchando en las selvas de Colombia como guerrillero y su cuerpo, secuestrado por el régimen colombiano, fue sepultado en un lugar secreto, como Raúl Reyes y como otros revolucionarios latinoamericanos como el Che, asesinados por gobiernos fascistas aliados de EEUU, que cuentan con el apoyo del Vaticano y de las jerarquías eclesiásticas regionales.
Piensan los criminales, que ocultando los restos de esos mártires, evitarán que sigan vivos en la memoria colectiva de los pueblos por los que ofrendaron sus vidas, ignorando que, como afirman la canción revolucionaria de Alí Primera, “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos.
Los clérigos rebeldes fueron objeto de acciones disciplinarias de virtual aislamiento, relegados a pequeñas diócesis en el campo y la ciudad, conminados a silenciar su voz contestatoria y a revisar sus obras, en una razzia al mejor estilo inquisitorio, bajo cuya furia fueron sancionados más de medio millar de sacerdotes que comulgaban con la Teología de la Liberación, pero, en secreto, siguieron como Lugo en rebeldía, en pos del sueño libertario que vive en todo ser humano.
Si brutal fue la reacción de la Iglesia, mucho más salvaje fue la del Imperio, que junto con el Vaticano, desató una de las más crueles y sangrientas persecuciones y represiones de la historia contra los sacerdotes, religiosas, el pueblo y todo aquel que en América Latina se atreviera a seguir los dictados de la Teología de la Liberación, perpetrando unas masacres solo comparables a las desatadas por el Imperio romano cuando el cristianismo estaba en sus inicios hace dos milenios.
Los sombríos y macabros pasajes de esa trágica vivencia, los da a conocer en una reveladora crónica escrita en 1985, Augusto Zamora, profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad Autónoma de Madrid, y embajador de Nicaragua en España, en la que expone a la luz de la conciencia planetaria, la crueldad, la saña y el sadismo de la represión que sufrieron en América Central, miles de clérigos, religiosas y el pueblo que escuchaba y seguía el mensaje de los teólogos revolucionarios.

“Entre 1977 y 1979, -comienza el artículo titulado “Juan Pablo II, Papa del Imperio”, fueron asesinados 5 sacerdotes en El Salvador, seguidores de la Teología de la Liberación y miembros activos de la Iglesia de los Pobres, que trabajaban con las comunidades y sectores más oprimidos y reprimidos del país.’
“Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de El Salvador, – revela el artículo- viajó a El Vaticano en agosto de ese año, con un dossier minucioso sobre la brutal represión que venían sufriendo la Iglesia y el pueblo salvadoreños. El Papa Juan Pablo II se negó a ver el dossier y a hablar del asunto. Monseñor Romero regresó abatido pues había creído, hasta su entrevista, que al Papa le ocultaban información.”
“En marzo de 1980, -continúa- Monseñor Romero era asesinado mientras celebraba misa. Ese mismo año, 4 religiosas estadounidenses morían también asesinadas, luego de ser torturadas y violadas por el Ejército salvadoreño. El Vaticano condenó los crímenes pero no emitió condena alguna contra el régimen que los propiciaba. El silencio se hizo norma.”
“De enero de 1980 a febrero de 1985, -destaca más adelante- 23 religiosos fueron asesinados en Guatemala. Con ellos, decenas de miles de civiles, en el mayor baño de sangre sufrido por la región en las últimas décadas. Se repetía el guión. Condena opaca y formal y silencio ante la dictadura criminal. La jerarquía departía con generales y oligarcas, mientras sacerdotes, religiosas y comunidades cristianas de base eran sistemáticamente perseguidas o muertas.”

A continuación, el académico de la Universidad Autónoma de Madrid, al profundizar sobre las razones que llevaron al gobierno yanqui a cometer ese genocidio con la presunta complicidad de El Vaticano, recoge la revelación hecha por un periodista estadounidense en un artículo publicado en esos tiempos trágicos que vivió la región centroamericana víctimas de la represión contra los seguidores de la Teología de la Liberación.
“En una reunión con el presidente Ronald Reagan – revela Zamora- según relata el periodista Bob Woodward, se oficializa una alianza informal entre el Vaticano y EEUU, para combatir la “amenaza comunista” en Centroamérica.”
En vista del retroceso que para la región significó la alianza acordada entre EEUU y el Vaticano, dada a conocer por Zamora en su trabajo, para algunos analistas no tendría nada de extraño que, durante la visita de Benedicto XVI a la Casa Blanca, en el marco de su actual gira por el país del norte, Ratzinger y Bush hayan acordado una alianza similar, conscientes del peligro que para ambos imperios representa el triunfo electoral de Lugo, que consolida aún más el arrollador 2000avance de la revolución latinoamericana.
En Nicaragua, -agrega el académico- las iglesias se convierten en nidos de la contrarrevolución y los obispos en dirigentes políticos. La cruzada anticomunista del Papa barrerá Centroamérica y la Iglesia Católica se dividirá en dos sectores irreconciliables: la Iglesia oficial y la popular. Ganará la oficial a un costo estremecedor en vidas y bienes.
“La Iglesia de los pobres, -expresa el profesor en su trabajo-, es barrida por la suma de las purgas vaticanas y la represión de las dictaduras. El epílogo será el asesinato de 7 jesuitas en la Universidad Centroamericana de El Salvador, en 1989. La Iglesia Católica cae en grave descrédito y el vacío espiritual es llenado por la más peligrosa y destructora arma de que dispone EEUU: las sectas religiosas.”

En América del Sur, la violencia física es sustituida a veces por la guerra sicológica desplegada por el Vaticano concentrada en la represión de los propulsores de la Teología de la Liberación, mediante esa razzia religiosa cuya crueldad no escapa a la observación del profesor Zamora quien al referirse a la misma en su trabajo, destaca la perversidad de sus peculiaridades.”
“La Cruzada contra la Iglesia de los pobres, -escribe- le llevó a someter en 1984 al padre Leonardo Boff al ex Santo Oficio, que lo condenó en 1985 al silencio y a la privación de todos sus cargos. Gustavo Gutiérrez fue obligado a “revisar” sus obras, en un proceso similar al sufrido por Galileo. Los obispos defensores de la Teología de la Liberación, -agrega- eran recluidos en diócesis minúsculas y excluidos de facto, de la Iglesia oficial, como los obispos Helder Cámara y Pedro Casaldáliga.
“Y así, -concluye la crónica- alrededor de 500 teólogos fueron represaliados por defender una teología que representaba al Dios cristiano al lado de los oprimidos. La cruzada anticomunista tuvo éxito, al precio de derrumbar a la propia Iglesia Católica y de privar de esperanza a unos pueblos necesitados perentoriamente de ella. En la alianza fraguada en los 80, sólo EEUU ganó.”

En verdad, parecía un triunfo, pero, no fue así, porque el pueblo se negó a renunciar a la utopía prometida por la Teología de la Liberación y, con la victoria electoral en Venezuela de Hugo Chávez Frías y la Revolución Bolivariana que lidera, despertaron de su letargo las esperanzas y volvió a perfilarse en el horizonte ese “Mundo posible”, ya que ambas están hechas con el mismo barro de paz, igualdad, amor, solidaridad y humanismo con el que Jesús moldeó hace 2 mil años el verdadero y auténtico cristianismo.
Otras revoluciones siguieron a la Bolivariana, especie de “Eslabón Perdido”, que faltaba para unir de nuevo a la cadena redentora de Teología de la Liberación, sucediéndose triunfantes procesos similares que persiguen el mismo ideal libertario en países como Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Nicaragua, y el más reciente de ellos, el que se dio este domingo en Paraguay con la victoria electoral del Fernando Lugo, el teólogo que sobrevivió y logró vencer finalmente al Vaticano.

La victoria de Lugo, tiene especial significación, porque él pertenece a esa estirpe de héroes y mártires de la Teología de la Liberación, y como muchos de ellos padeció la persecución de la Iglesia, marginado y relegado por su “peligrosidad” a lugares donde creyeron que su actividad revolucionaria no representaba una amenaza al dogma de la Iglesia y a los intereses de los ricos y poderosos del país, quienes con la fuerza de su influencia y su dinero trataron hasta el último momento, de impedir su victoria.
Se equivocaron, porque el sacerdote, hace 2 años, escogiendo la fecha en la que millones de cristianos del planeta conmemoran el nacimiento de su guía y redentor, Jesús de Nazareth, en un mensaje de reto al Vaticano pronunció un histórico discurso en el que dijo: “Hoy 25 de diciembre oficialmente tomo la decisión de ponerme al servicio del pueblo paraguayo a través de la política”, renunciando así a su investidura clerical para lanzarse como candidato a la presidencia del país sudamericano,

La Iglesia reaccionó indignada y con sorpresa ante el anuncio y, a través de un documento de la Nunciatura Apostólica del Paraguay le pidió al humilde Obispo del Departamento de San Pedro, donde había sido confinado, que “no aceptara la candidatura”, ya que en caso contrario le sería impuesta -como primera sanción- la pena canónica de la suspensión (que prohíbe a los ministros sagrados todo acto potestad de orden y de jurisdicción.)
Fracasado ese llamado inicial hecho al obispo Lugo, quien tres décadas atrás había enfrentado junto con los demás impulsores de la Teología de la Liberación al Dogma de la Iglesia católica, éste volvió a enfrentar la ira del más viejo e implacable de sus enemigos, Joseph Ratzinger, el soldado nazi convertido en Papa, el que creyó que había decapitado y domesticado aquel movimiento insurreccional similar al liderado por Jesucristo hace 2 milenios, quien trató de convencerlo de que no desertara de las filas de la Iglesia.
Todo fue inútil, y al “Panzerkardinal” como se le llama a Benedicto XVI en Roma, en alusión a su poder, que no admite rebelión u oposición alguna, comparándolo con el vehículo blindado del ejército de Hitler, una de las armas claves de sus fulminantes victorias bélicas en la Segunda Guerra Mundial, hasta que el incontenible avance de esos tanques de guerra fue detenidos por el invierno, el pueblo y el ejército soviético, a Ratzinger no le quedó mas opción que suspender “A Divinis” al rebelde sacerdote.
Fue un triunfo moral del veterano combatiente de una causa que se creía perdida, pero que estaba allí, latente, viva en los sueños del pueblo latinoamericano, a pesar de las persecuciones y derrotas que llevaron al exilio o a la muerte a muchos de sus líderes y seguidores, que corrieron la misma suerte de Jesús de Nazareth, el fundador de una religión cuyas leyes y principios han sido tantas veces olvidados por aquellos que niegan la justicia y la paz a la humanidad.
Por eso, cuando un periodista le preguntó sobre si consideraba una herejía el haberse rebelado contra el dogma de la Iglesia y que si pensaba que la Teología de la Liberación ha muerto, está vencida o no tiene nada que decir, el revolucionario que sigue siendo Fernando Lugo respondió a la primera de las preguntas diciendo;
“Tu pregunta me hace recordar un libro que he presentado hace poco, que se llama La Herejía de seguir a Jesús, (obra testimonial que describe los horrores de una masacre perpetrada contra unos campesinos asesinados por la dictadura paraguaya hace varios años.)

“Esos campesinos, -le dijo- fueron acusados de comunistas por el gobierno de Alfredo Stroessner, fueron masacrados, muchos asesinados, otros tuvieron que exiliarse, sufrieron prisión, tortura; es decir, pagaron en carne propia el ser “herejes”, seguir a Jesús como una herejía, seguir con radicalidad la experiencia de Jesús de Nazareth.”

Y al responder a la segunda pregunta del comunicador social, dijo: La Teología de la Liberación sigue vigente. Siempre recuerdo, -agregó- la carta que escribió Juan Pablo II a los obispos brasileños donde les decía que la Teología de la Liberación forma parte del patrimonio de la historia teológica de la Iglesia católica ha sido un fuente de inspiración en Asia, África, Europa y también en América Latina.”

Con su respuesta, Fernando Lugo, uno de los referentes de la Teología de la Liberación, reasume el compromiso histórico de continuar divulgando el auténtico mensaje de Jesús de Nazareth, fiel a sus principios, como lo hicieron los héroes y mártires que ayer cayeron en combate y como lo hacen hoy, quienes como él, han rescatado y despliegan sus estandartes libertarios de la revolución latinoamericana.
Será titánica la tarea de rescatar a su pueblo de las lacras sociales que lo asolan, como lo es la lucha que contra esos males despliegan en sus países los demás gobernantes progresistas de la región pero cuentan con el pueblo y el espíritu integrador que heredaron de Bolívar, que se fortalece con la incorporación de Paraguay a esa comunidad revolucionaria de naciones que cada día gana nuevos miembros y se consolida con la fe que le inspiran al ex obispo, los ideales de la Teología de la Liberación, que venció a dos imperios.

Fuente: ABN
21 de abril del 2008

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